De decir no a decir sí Santiago Villalobos


Mucha gente me dice que me quejo mucho y con nada me contento. Yo no sé si eso sea cierto, pero sí sé que quejarse es uno de los mayores placeres del ser humano. Es importante, empero, que cuando uno se queja debe saber cómo hacerlo para que no parezca como que uno odia a todo el mundo y que es el único ser que entiende cómo funcionan las cosas, lo que implica transmitir un aire de superioridad sobre los demás.
Primero habría que aclarar que quejarse de algo implica identificar algún problema, por más minúsculo que sea. Podemos en este caso quejarnos haciendo uso de numerosos adjetivos calificativos o criticar pensando en el porqué de nuestra molestia. Yo en lo particular prefiero inclinarme hacia ésta última, además de que implica un trabajo intelectual mayor al de emitir un simple quejido, es menos molesto para los demás, porque precisa de herramientas para convencer e invitar a los que rodean a uno a quejarse y compartir de este sentimiento de liberación.
Pero la forma en que particularmente me gusta quejarme más es cuando pienso en qué necesitaría para no quejarme de eso, y aún más, qué situación o circunstancia provocaría que, en lugar de quejarme, sintiera agradecimiento o satisfacción. En este caso a veces uno llega a la conclusión de que haría falta mucho, lo que da aún más coraje y hace que uno se queje con más fuerza.
Este tipo de reflexiones quejumbrosas llevan a otro tipo de reacciones. Por ejemplo, en vez de simplemente quejarse por el aumento a los impuestos, nos podemos quejar, con la misma o más enjundia, sobre por qué no se le subieron los impuestos a aquellos ricos que pueden pagar mucho más, o porque no se tomaron cartas en el asunto sobre la regulación del comercio informal, o mil y una cosas que pudieron haber sido mejor. De esta forma pasamos de exigir el “no al aumento de impuestos” al “sí a que paguen más impuestos los que no pagan”.
Otro ejemplo: podría quejarme del Macrobús. Pero quejarme así, sólo del Macrobús, sería como pensar que el problema por el que me quejo, que en el fondo sería la movilidad, únicamente radica ahí. Podría quejarme entonces, ya no sólo del Macrobús sino de todos los camiones de la Alianza de Transportistas (que son un insulto para la población, vaya en coche, bici a pie o sobre estos enormes vehículos), de que no haya banquetas caminables, de que peligra mi vida si me voy por López Mateos o por Periférico en bici. En fin, la queja final ya no sería “no al Macrobús” sino una exigencia básica: “queremos poder movernos”.
A todos los quejumbrosos los invito a que se quejen con la misma frecuencia de siempre, pero pensando en esto, no sólo en el “no a tal cosa” sino en el “sí a esta otra”. A fin de cuentas, quejarse es un derecho fundamental garantizado por las leyes, se haya votado o no.
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La verde es eso y más- Christian Mendoza


¡Odio el futbol! Jamás he sentido siquiera el más mínimo respeto por el deporte del balón pie ni por sus millones de fanáticos. Al final me parecen tan peligrosos cómo los cristianos o cualquier otro que pertenezca a una religión evangelizadora, y no deje de hablar de los “secuaces del maligno” y las “armas del enemigo”.

Odio que la vida común se detenga durante más de dos horas únicamente por que la nunca bien ponderada Selección Nacional se enfrenta con alguna otra, que casi siempre resulta mejor.
Odio que hablen de pasión, de religión, de orgullo, de ser uno con la verde o del espectáculo del futbol. A mí que me perdonen pero yo jamás he visto luces de colores ni escenarios, ni demostraciones virtuosas de ningún tipo. A lo mucho, pues he visto 22 hombrecillos, bastante feos y nada atléticos, por cierto, detrás de una pelota.

Sin embargo, creo que nunca me había retorcido tanto por “la pasión futbolera” cómo sucedió el mes pasado; no cometiendo injurio alguno contra la sociedad me encontraba civilmente sentado dentro de Banamex mientras esperaba mi turno, en una concentración de gente bastante inusual, y escuché un par de coplas con un ritmo que me resultaba familiar: “Tára ra; tára ra; tá ra tá ra. Tara r a ra ra ra”.
Sonido al que de pronto se le sumaron un par de oraciones inconexas: “Eres por tu forma de ser conmigo lo que más quiero. Eso y más tára ra; tá ra tá ra; para andar entregándonos sin temores lo que tenemos tára ra”.
Y entonces supe que el cantico promovido por Banamex a propósito de “la verde” una tarjeta de crédito para los aficionados al tricolor que les ofrece, entre otras cosas la oportunidad de viajar al próximo mundial pre-ventas exclusivas para partidos, convivencias firmas de autógrafos y demás cursilerías; había tomado como base una canción setentera y jotísima que Eunice (antes Eu, antes, antes Eunicienta) utiliza como paliativo en nuestras largas jornadas de trabajos escolares.

¡Qué va! Otra joya maestra de la publicidad mexicana.S
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Las Pequeñas Molestias Cotidianas- Sara Mandarina





Uno puede despertarse en la mañana con la sensación de estar descansado, con la alegría de haber tenido una noche reparadora y unos sueños agradables. Es posible que te levantes, te mires dificultosamente en el espejo del baño a causa de tus párpados hinchados y no te encuentres demasiado feo. Te desnudas y te encuentras satisfecho con la masa que cubre tu esqueleto; te duchas y te relajas al mismo tiempo que te despabilas. Todo va bien, casi perfecto.

Estás en la cocina sirviendo el café en tu taza preferida, la que compraste en ese viaje que tanto disfrutaste, y de pronto pareciera que se abre la caja de pandora y todos sus seres apocalípticos y calamitosos se asoman al piso de tu casa representados en el más terrible y temible de ellos: una rata, un ratón, una cucaracha, una hormiga o una mariposa negra muerta con sus alas de mal agüero hechas polvo.

La vida se encarga de ponernos absolutamente todos los días pequeños obstáculos que nos impiden alcanzar la más sublime dicha, el gozo total, un estado de bienestar inconmensurable, la perfección completa. Podemos decir que se trata de un complot sobrenatural hacia los humanos para mantenernos sometidos en una vida repulsiva y despreciable, o podemos alegar, con mejor gana, que son pequeños retos para poner a prueba nuestro sentido del humor y nuestra capacidad de frustración.
Todo depende de la perspectiva y, por supuesto, de las circunstancias. Digo, no es lo mismo que se te rompa un tacón a las cinco de la mañana, después de que se terminó la fiesta y cuando estás a un metro de distancia de tu coche, a que se te rompa el tacón el día de tu boda en el extremo equivocado del pasillo.

Estas molestias, tal como parece, no son siempre tan pequeñas. Estos incidentes que podrían parecer insignificantes en realidad están todo el tiempo definiendo, en mayor o menor medida, el rumbo de nuestras vidas. Olvidar el celular en casa puede resultar en un necesario descanso o la pérdida de empleo; entender mal una palabra en una conversación puede quedarse en ocasionar una simple broma o ir hasta el rencor.

El secreto está, yo creo, en no obsesionarse con ellos. La gran mayoría de estos incidentes se escapan de nuestro control y nuestra voluntad, así que pocas veces podemos preverlos. Lo mejor es no preocuparse por ellos sino simplemente ocuparse, considerando que no podemos hacer nada por cambiar lo sucedido.

En la medida en que hagamos importantes estos acontecimientos será el grado de afectación que tendrán en nuestras vidas. Como casi siempre, todo está en la actitud: nuestra novia puede ponerse a llorar desconsoladamente a la entrada de la Iglesia, o mandar a volar ambas zapatillas y caminar en puntitas hasta el altar; podemos, mientras seguimos sirviendo nuestro café, decirle al bicho “buenos días, te mato más tarde” o pensar en él todo el día y resignarnos a traer mala vibra.
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